Mostrando postagens com marcador Belén Gopegui. Mostrar todas as postagens
Mostrando postagens com marcador Belén Gopegui. Mostrar todas as postagens

El Cabanyal como exemplo




Se trata una vez más de luchar por lo evidente, de lograr que lo que cualquier persona puede ver recorriendo el barrio, paso a paso, alguien lo ponga ponga por escrito con argumentos. Y que alguien sepa que eso existe, lo lea, haga algo.

La izquierda debe robarle a Hollywood los finales felices y darles la vuelta, quitarles los tonos pastel, ponerles fuego y sentido del humor y vida, y hacerlos estallar con la potencia del futuro. Los finales felices de la izquierda son siempre el principio de otra historia, la que ahora comienza: rehabilitar el barrio, desestigmatizar sus partes más degradadas, lograr que los precios sigan siendo accesibles, poblarlo de espacios comunes que generen relaciones diferentes, formas de vida, de producción, de trabajo y cultura diferentes. Ojalá la victoria del Cabanyal fuera la de otras causas más graves, que duelen más, que afectan a más vidas. Pero a su manera ya lo está siendo. Porque alguien vendrá y dirá: para qué intentarlo, si ellos llevan armaduras, si tienen los grandes medios, si están unidos por el interés mientras que a nosotros nos dispersan las convicciones. Y entonces alguien contestará: mira el Cabanyal, se puede.

Belén Gopegui, Victoria en la Galia del Cabanyal


Un poco de tranquilidad



Una buena parte del mundo sabe, en efecto, que las palabras están adulteradas y se pregunta qué pueden hacer los intelectuales, los periodistas, los escritores, los artistas ante esta adulteración, esta inversión de los sentidos, este envenenamiento que lentamente nos aturde. Responder en común a esa pregunta fue uno de los objetivos del Encuentro de Caracas. Y de ese encuentro, junto al llamamiento final y las relatorías de las mesas, junto a los proyectos posibles, surgieron dos modos de actuar a los que llamaré: un deber de insistencia y un incierto deber de exactitud.

El primero es más fácil: insistir en lo que ya se sabe, recordar, para que las palabras no pierdan su sentido, los hechos evidentes. Recordar por ejemplo que Pinochet no fue bueno pero, que sepamos, ningún gobierno de los Estados Unidos lo quiso matar. Que Videla no fue bueno pero, que sepamos, ningún gobierno de los Estados Unidos lo quiso matar. Que el apartheid no fue algo bueno ni digno del género humano. Pero, que sepamos, los gobiernos de los Estados Unidos no quisieron borrarlo de la tierra. Que mueren cada mes sindicalistas asesinados en Colombia pero, para evitar los asesinatos, la Unión Europea no ha suspendido sus relaciones con Colombia. Recordar que el SIDA diezma las poblaciones, pero los gobiernos occidentales no han amenazado a las empresas que ponen sus medicamentos a precios inaccesibles. Recordar siempre la crueldad y el horror de la contra nicaragüense, recordar que esa crueldad fue pagada y alimentada por un gobierno de los Estados Unidos. Recordar que Jacobo Arbenz, Patricio Lumumba, Ernesto Che Guevara o Salvador Allende, fueron depuestos por la fuerza de sus cargos legítimos o de su vida con la colaboración de los gobiernos de los Estados Unidos.

En cuanto a la exactitud, es acaso una cualidad más lenta del lenguaje y es también un territorio. Muchas personas honestas, cuando se trata de hablar de revoluciones, necesitan y exigen ese territorio. Y porque quieren ser exactas procuran recordar que no es el bien a secas, que no es la limpia claridad de la mañana la que amanece siempre en las revoluciones. Para esas personas honestas que necesitan recordar los errores e insuficiencias de cada revolución, para ellas nuestro incierto deber de exactitud.

Un poco de tranquilidad, Belén Gopegui